Symbaloo de la clase

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viernes, 16 de mayo de 2014

Platero y yo. (sexto capitulo)

Un día, el canario verde, no sé cómo ni por qué, voló de su jaula. Era un canario viejo, recuerdo triste de una muerta, al que yo no había dado libertad por miedo de que se muriera de hambre o de frío, o de que se lo comieran los gatos.
Anduvo toda la mañana entre los granados del huerto, en el pino de la puerta, por las lilas. Los niños estuvieron, toda la mañana también, sentados en la galería, absortos en los breves vuelos del pajarillo amarillento. Libre, Platero, holgaba junto a los rosales, jugando con una mariposa.
A la tarde, el canario se vino al tejado de la casa grande, y allí se quedó largo tiempo, latiendo en el tibio sol que declinaba. De pronto, y sin saber nadie cómo ni por qué, apareció en la jaula, otra vez alegre.
¡Qué alborozo en el jardín! Los niños saltaban, tocando las palmas, arrebolados y rientes como auroras; Diana, loca, los seguía, ladrándole a su propia y riente campanilla; Platero, contagiado, en un oleaje de carnes de plata, igual que un chivillo, hacía corvetas, giraba sobre sus patas, en un vals tosco, y poniéndose en las manos, daba coces al aire claro y suave...

lunes, 5 de mayo de 2014

Platero y yo. (quinto capitulo)

¡Ay, qué relumbres y olores!
¡Ay, cómo ríen los prados!             
¡Ay, qué alboradas se oyen!
ROMANCE POPULAR.


En la duermevela matinal de Juan Ramón Jiménez, se malhumoraba con una endiablada chillería de chiquillos. Por fin, suspiró, sin poder dormir más, se levantó, desesperado, de la cama. Entonces, al mirar el campo por la ventana que tenía abierta, se dio cuenta de que los que alborotaban eran los pájaros.
Salió a su huerto y cantó gracias al Dios del día azul. ¡Libre concierto de picos, fresco y sin fin! La golondrina riza, caprichosa, su gorjeo en el pozo; silba el mirlo sobre la naranja caída; de fuego, la oroéndola charla, de chaparro en chaparro; el chamariz ríe larga y menudamente en la cima del eucalipto, y, en el pino grande, los gorriones discuten desaforadamente.
¡Cómo está la mañana! El sol pone en la tierra su alegría de plata y de oro; mariposas de cien colores juegan por todas partes, entre las flores, por la casa; ya dentro, ya fuera; en el manantial. Por doquiera, el campo se abre en estadillos, en crujidos, en un hervidero de vida sana y nueva.
Parece que Juan Ramón Jiménez y Platero estuvieran dentro de un gran panal de luz, que fuese el interior de una inmensa y cálida rosa encendida.


domingo, 30 de marzo de 2014

Platero y yo. (cuarto capitulo)

Entrando en la dehesa de los Caballos, Platero ha comenzado a cojear. Me he echado al suelo... y Juan Ramón Jimenes le pregunta a Platero:
-Pero, hombre, ¿qué te pasa?
Platero ha dejado la mano derecha un poco levantada, mostrando la ranilla, sin fuerza y sin peso, sin tocar casi con el casco la arena ardiente del camino.
Con una solicitud mayor, sin duda, que la del viejo Darbón, su médico, le he doblado la mano y le he mirado la ranilla roja. Una púa larga y verde, de naranjo sano, está clavada en ella como un redondo puñalillo de esmeralda. Estremecido del dolor de Platero, he tirado de la púa; y me lo he llevado al pobre al arroyo de los lirios amarillos, para que el agua corriente le lama, con su larga lengua pura, la heridilla.

Después hemos seguido hacia la mar blanca, yo delante, él detrás, cojeando todavía y dándome suaves topadas en la espalda...

miércoles, 19 de marzo de 2014

Platero y yo. (tercer capitulo)

Juan Ramón Jimenes le dice a Platero:
Si tú vinieras, Platero. Con los demás niños, a la  miga, aprenderías el a, b, c, y escribirías palotes. Sabrías tanto como el burro de las Figuras de cera —el amigo de la Sirenita del Mar, que aparece coronado de flores de trapo, por el cristal que muestra a ella, rosa toda, carne y oro, en su verde elemento—; más que el médico y el cura de Palos, Platero.
Pero, aunque no tienes más que cuatro años,  ¡ eres tan grandote y tan poco fino ! ¿En qué sillita te ibas a sentar tú, en qué mesa ibas tú a escribir, qué cartilla ni qué pluma te bastarían, en qué lugar del corro ibas a cantar, di, el Credo? 
No. Doña Domitila —de hábito de Padre Jesús Nazareno, morado todo con el cordón amarillo, igual que Reyes, el besuguero— te tendría, a lo mejor, dos horas de rodillas en un rincón del patio de los plátanos, o te daría con su larga caña seca en las manos, o se comería la carne de membrillo de tu merienda, o te pondría un papel ardiendo bajo el rabo y tan coloradas y tan calientes las orejas como se le ponen al hijo del aperador cuando va a llover...
No, Platero, no. Vente tú conmigo. Yo te enseñaré las flores y las estrellas. Y no se reirán de ti como de un niño torpón, ni te pondrán, cual si fueras lo que ellos llaman un burro, el gorro de los ojos grandes ribeteados de añil y almagra, como los de las barcas del río, con dos orejas dobles que las tuyas.

lunes, 10 de marzo de 2014

Platero y yo. (segundo capitulo)

Cuando, en el crepúsculo del pueblo, Platero y yo entramos por una calleja miserable que da al río seco, los niños juegan a asustarse, haciéndose mendigos. Uno se echa un saco a la cabeza, otro dice que no ve, otro se hace el cojo... Dicen los niños: 
-Mi padre tiene un reloj de plata.
-Y el mio un caballo.
-Y el mio una escopeta.
Reloj que levantará a la madrugada, escopeta que no matará el hambre, caballo que llevará a la miseria... 
La sobrina del Pájaro Verde, con voz débil, hilo de cristal acuoso en la sombra, canta entonadamente, cual una princesa: "Soy laaa viudita del Condeee Oréé...". ¡Sí, sí! ¡Cantad, soñad niños pobres!
Pronto, al amanecer vuestra adolescencia, la primavera os asustará. ¡Vamos, Platero...!

miércoles, 5 de marzo de 2014

Platero y yo. ( primer capitulo )

Juan Ramón Jimenes describía así a platero en el cuento. Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro. 
Juan Ramón lo deja suelto, y se va al prado, y acaricia tibiamente con su hocico, rozándolas apenas, las florecillas rosas, celestes y gualdas... Lo llamaba dulcemente:  ¿Platero?  y viene a él con un trotecillo alegre que parece que se ríe en no sé qué cascabeleo ideal...
Come cuanto él da. Le gustan las naranjas mandarinas, las uvas moscateles, todas de ámbar; los higos morados, con su cristalina gotita de miel...
Platero es tierno y mimoso igual que un niño, que una niña...; pero fuerte y seco por dentro como de piedra. Cuando paso sobre él, los domingos, por las últimas callejas del pueblo, los hombres del campo, vestidos de limpio y despaciosos, se quedan mirándolo:
—Tien’  asero...
Tiene acero. Acero y plata de luna, al mismo tiempo.